miércoles, 3 de agosto de 2011

Ronde van Vlaanderen 2009


Está claro que por la boca muere el pez. Y así me veo yo ahora; en la Markt de Brujas, a las 7:15 de la mañana de un destemplado 4 de abril, por abrir la boca de más en los meses de octubre y noviembre del pasado año. ¡Voy a hacer Flandes, voy a hacer Flandes,…!

Y es que había estado mejor callado, pensé cuando vi la cola de cicloturistas que parecía no acabar nunca y que se alargaba por la Steenstraat. Todos esperaban subir por la rampa por la cual mañana subirían los “pros”, y donde nos sellaban el control de salida.
Llegué a Brujas, acompañado de mi mujer, a primera hora de la tarde del viernes, con tiempo suficiente de acomodarnos en el hotel Hans Memling, y de ir a un supermercado a comprar cosas para mi desayuno. Después, una buena cena frente al campanario gótico de la Markt, y a la cama pronto.
Puse el despertador a las 5:30h. y, en silencio, comencé con la ceremonia de vestirme e ir desayunando. Aún así, a las 6:30 bajé al comedor porque la recepcionista me había prometido que lo iba a abrir una hora antes para mí. ¡Qué sorpresa, otro ciclista! Era inglés, y le pregunto si ya había hecho la marcha en anteriores ocasiones. Era su primera vez. A los pocos minutos bajó un tercero que no medió palabra; estaría muy concentrado el cacho gili. Yo, incapaz de tomar más de un zumo y unos pocos cereales, subí a la habitación.
Desperté a mi mujer y le pregunté si me acompañaba a la salida. ¡Y lo hizo!
Pero volvamos al tema de la cola de cicloturistas; así que resignado por cumplir con todo el protocolo, guardé la ya mencionada fila con la bici en la mano. Pasada media hora, ya salía de la Markt camino a Torhout. Comenzaba mi Tour de Flandes.
Desde el principio de la marcha la organización, situada en todos y cada uno de los cruces, te emplazaba a circular por los carriles bici. Por estos la velocidad no era muy alta, ya que el de cabeza se puede morir esperando un relevo. Así, pocas veces se superaban los 30 km/h. en los primeros compases de la marcha. Las caídas eran frecuentes en las zonas de incorporación y salida de los carriles bici por enganchones y clavadas de ruedas en la tierra blanda, pero las íbamos librando al grito de ¡zorg, zorg! (¡cuidado!).
Si te apretaban las ganas de aliviar, el mayor problema es que no te vieran, ya que está muy vigilado hacerlo fuera de los servicios que monta la organización en los controles o en el alto de los muros. Por perder el contacto con el grupo no había que preocuparse, ya que enseguida venían otros 50 ciclistas por detrás.
Con esta dinámica llegamos al primer control y avituallamiento (km.60). Siempre hay que rodear un amplio espacio, bajado de la bici, donde te picarán la credencial, y avituallarás lo que te haga falta.
No me preguntéis qué es lo que había, puesto que no cogí nada sólido de ninguno de los avituallamientos de la prueba. Total autonomía, vamos. Únicamente eche mano de un par de botellas de Acuarius de cara a los últimos 50 km.
Visto que el ritmo no era muy alto, decidí tras el primer control pasar a tirar. Era el km. 65, cuando nuevamente por carriles bici conseguíamos lanzar un poco la marcheta, habida cuenta de que me encontraba como si no hubiera empezado a andar. En esto que me dispongo a adelantar al solitario de turno que, justamente cuando voy al pasarle, se tuerce hacia mi lado y me saca del carril. La rueda delantera ha entrado en un canal y no la voy a poder sacar. ¡Vaya, por fin la saco transcurridos 10 metros de angustiosa duda! Y saco la rueda, la bici, yo, y hasta la madre que le parió al francés que ha provocado que me esté arrastrando otros 10 metros por el jodido carril bici hasta parar otros 10 metros más adelante.
Esta mañana, descargando el track del GPS, he comprobado que me metí el galleto a 37 km/h., y eso debe ser mucha velocidad porque no paró ni cristo para ver qué me había pasado. Sólo el francés, con gran sentimiento de culpa, me trajo la bicicleta y recogió los bidones, mientras yo intentaba respirar y ver que no tuviera nada roto.
Cuando vi la bici, creí que ahí había acabado la marcha; el manillar torcido, las manetas reviradas, la rueda delantera reventada. Primero pensé en mi mujer, en que tenía que llamarla para que no fuera a mi búsqueda en otros puntos de la marcha, luego pensé en los amigos que me han dado ánimos para venir aquí, y finalmente pensé en mí, y en si volvería a intentarlo el año que viene.
Viendo que cada uno iba a lo suyo, empecé a enderezar la dirección y las manetas, para finalmente meterme con la rueda. Parece que no hay nada roto, y sería un milagro que todo el daño fuera un pinchazo. ¡Y así fue! Ponerme de nuevo en marcha me ha costado 15 minutos.
Lejos de venirte abajo, esto te enrabieta y continúas dándole caña. En el km. 120, y durante una de las muchas paradas a las que te obliga la policía para tratar de cortar el tráfico lo menos posible haciendo que te agrupes muchos ciclistas, me aborda el francés de marras y me mira como si hubiera visto a Jack Sparrow a bordo de la Perla Negra. ¿Y cómo estás? ¿y la bici?. Me consuela que, cuando arrancamos, se vuelve a quedar a atrás.
Con esto que llegamos al km. 137 y pasamos por el arco que anuncia el primer muro (Molenberg) de 460 mts. y un máximo del 14,2% de pendiente. Sin problemas. Sentadito y desarrollo.
En el segundo muro (Wolvenberg), ya más largo y con rampa del 17,3% coincido con un grupo del C.C. Rat Penat de Castelldefels, con los que también coincidí en la Roubaix del año pasado.
Me sorprendió encontrar un tramo de pavés tan largo como el de Kerkgate (3000 mts.) con subida y tan duro en comparación a lo que habíamos hecho, pero lejos de lo auténtico de la Roubaix.
Y con esto que llegamos al Koppenberg. ¡Dios, si parece que por ahí arrojaran a los seguidores de Felipe II en la Guerra de los Ochenta Años! ¿Y yo tengo que subir por ahí? Pues no quedan más pelotas chavalín; un giro a la derecha de 90º que te deja clavado y encontrarte con el paredón. Aunque pasa del 22%, se sube si dominas la bici; por supuesto si tienes fuerzas, pero también si consigues que la rueda delantera se quede pegada al suelo y que no se vaya al suelo el que está justo delante de ti. Tiene algo de barrillo por la derecha y está húmedo, pero se tracciona bien cuando no te queda más remedio que pasar por ahí si no te quieres ir al suelo. Cuando estás en los últimos 100 mts., con rampa del 14%, te dan hasta ganas de bajar piñones.
Para mi sorpresa, mi mujer está en la bajada de este tramo y me ha llamado. Si es por mí, no la veo. Me paro. Quedan 65 km. para la meta, y unos ánimos de la Jefa no vienen nada mal.
Sin descanso llega el sexto muro. La tónica es la misma. Pancarta con el número del muro y cartel indicador con la longitud, pendiente media y máxima. En la cima, otra pancarta te avisa del final y de la distancia hasta el comienzo del siguiente muro.
Metidos en faena, estás deseando que venga uno y otro muro, porque subirlos se suben en relativo poco tiempo, sentado no se te cargan las piernas, y los kilómetros de bajada se agradecen que no veas.
Es acojonante la cantidad de medios de que disponen en la organización, hasta el punto de habilitar un gran almacén logístico para uno de los controles.
Y con esto que nos vamos preparando para el Kapelmuur, pero la verdadera trampa está en el pueblo Geraardsbergen, donde tras un giro a izquierda te topas con una rampa en el pueblo que no veas. Allí pegó Flecha este año un buen estacazo al grupo.
Luego, la mitología del Kapelmuur y la gente que lo abarrota, hacen que se te haga extremadamente corto y que lo subas como una moto. La verdad es que impresiona y … …emociona.
En 3 km. más te presentas en el último muro, el Bosberg. A punto de encumbrarlo veo que me sobran dos piñones. ¡Aquí ya no me para ni la mujer!
Faltan 12 km. a Ninove y la carretera es en suave descenso. Nos acoplamos 3 ciclistas y rodamos a 39-47 km/h. hasta la meta. Llegamos al arco donde mañana llegarán, casi seguro menos felices que nosotros, la mayoría de los profesionales.
Pasado este arco, todavía nos queda algún kilómetro más para ir al Polígono Técnico Industrial de Ninove, donde tienen montada la llegada de los globerillos, con carpas, duchas, stands, chiringuitos, y demás merchandising tan habitual en pruebas de cierto nivel.
En la línea de meta, te quitan el pedazo chapón que es el dorsal, y lo cambio por una bolsa con productos Isostar. Unos metros más adelante, mi mujer me espera; esto sí es un premio. Luego a por el diploma y el maillot.
Llegados de nuevo a Brujas, ahora quedaba lo más difícil; elegir dónde cenar y entre cuál de las más de 650 marcas de cerveza me decidiría esa noche. La posibilidad de equivocarme, como la de no acabar la Ronde Van Vlaanderen, no entraba en mis planes.

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